Delegación diocesana de Familia y Vida

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¡Hemos caído en la trampa!

Desde hace más de 50 años, se promueve en el mundo de forma universal el uso de métodos anticonceptivos artificiales. Los católicos no somos inocentes, aunque sí ignorantes y desobedientes, con una gran responsabilidad en su promoción.

Jesucristo dice en el evangelio de San Mateo que lo que Dios ha unido no lo separe el hombre, en relación al matrimonio. Pero también Dios ha unido en un único acto conyugal dos significados inseparables: el significado unitivo y el significado procreativo, y el hombre no puede separarlos por propia iniciativa (Humanae Vitae), sin caer en un pecado grave.

¿Por qué es tan dañina moralmente la anticoncepción, sea cual sea el método empleado?

Dice el Concilio, y se recoge en el Catecismo (número 1791): “cuando el hombre no se preocupa de buscar la verdad y el bien, poco a poco, por el hábito del pecado, la conciencia se queda casi ciega” (GS 16). Al quedar “casi ciega” la conciencia moral, a causa de la contumacia en el pecado de la anticoncepción, es inevitable ir cayendo en otros pecados de distinta índole, y de ahí las consecuencias perniciosas que Pablo VI prevé que ocurrirían inevitablemente, como así ha sido: infidelidad conyugal, divorcio, pérdida de respeto a la dignidad del otro, aborto, degradación general de la moralidad.

No es extraño que ocurran tantas situaciones de escándalo en todos los ámbitos de la vida humana. Las personas que los ocasionan no vienen de la luna, sino de familias convencionales, en las cuales, a pesar de ser “buenas personas” según los criterios mundanos, la conciencia moral ha ido quedando progresivamente ciega a causa de vivir en situación permanente de pecado. El pecado de impureza por el uso de métodos anticonceptivos es uno de los más extendidos y menos combatidos en la actualidad.

Tampoco debe extrañar la sequía vocacional que afecta a la Iglesia Universal: son muy pocas las familias verdaderamente católicas, que viven su sexualidad conyugal según la enseñanza de la Iglesia, y no queremos reconocer la relación directa entre las dos cosas. ¡Pues existe! Y es el fruto visible de nuestra fidelidad al precepto del Señor, que evidentemente ha sido muy poca.

O nos convertimos de raíz, matrimonios, sanitarios, sacerdotes e integrantes de movimientos familiares, y tomamos en serio esta grave materia, o seguiremos padeciendo incrementadas la actual epidemia de divorcios, la corrupción social, la sequía vocacional. Seguiremos viendo cómo nuestros planes pastorales dan muy escaso fruto y la vida de la Iglesia continúa en recesión continua. No es casualidad: el árbol dañado no puede dar frutos buenos. Y nuestras raíces están profunda y visiblemente dañadas a causa de nuestra aceptación y convivencia con este (y otros) pecados graves.

M. Victoria Mena
Ginecólogo. Especialista en Naprotecnología - Zaragoza

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